Cazamitos

{El diablo bebito}: el terror que acechaba en los caminos de Guerrero

{El diablo bebito}: el terror que acechaba en los caminos de Guerrero

En las entrañas de la sierra guerrerense, donde las montañas se alzan como gigantes dormidos que custodian los secretos de la tierra, el tiempo parece detenerse apenas el sol comienza su lento descenso. Allí, en los pueblos que se aferran a las laderas como si temieran caer al abismo, la vida se rige por el ciclo inmutable de la siembra y la cosecha. Cuando el cielo se tiñe de violetas y naranjas, y el aire se refresca con un aliento gélido que baja de las cumbres, los hombres de campo suelen buscar un último refugio antes de internarse en el silencio de sus hogares. Es el momento de la cantina, ese santuario de madera vieja y humo donde el mezcal, destilado con la paciencia de los antiguos, promete borrar el cansancio acumulado en las jornadas bajo el sol inclemente.

Don José era un hombre de manos endurecidas por el trabajo, un campesino cuyo nombre se confundía con el de tantos otros que labraban el maíz en aquellas tierras altas. Aquella tarde, mientras el crepúsculo envolvía los sembradíos, guardó su azadón y el resto de sus herramientas en un morral que llevaba las cicatrices de mil días de faena. El camino de regreso hacia el pueblo, serpenteante y polvoriento, le exigía un esfuerzo que sus piernas, ya cargadas de años y fatiga, sentían como una deuda pendiente. Sin embargo, la perspectiva de una copa que le devolviera el calor al cuerpo lo impulsaba a seguir adelante, ignorando el murmullo de los insectos nocturnos que comenzaban a despertar.

Al llegar al corazón del pueblo, la luz amarillenta de la cantina de don Javier se filtraba por las rendijas de la puerta, proyectando sombras largas y danzantes sobre el empedrado. Don José, empujado por una sed que no era solo de garganta, sino de compañía, decidió que un trago no le haría daño a nadie. El ambiente dentro era denso; el aroma a tierra húmeda, a tabaco barato y a alcohol fuerte impregnaba las paredes. Allí estaban sus viejos camaradas, don Genaro y don Isidro, hombres de campo cuyas historias solían ser tan profundas como los surcos que trazaban en sus tierras. Pero esa noche, el tono de la conversación era distinto, cargado de un miedo que intentaban disimular con risas nerviosas.

El tema, inevitable como el destino, era el demonio. Se hablaba de avistamientos, de presencias que acechaban pasada la medianoche, cuando el pueblo se sumía en un letargo profundo. Algunos decían haber visto un perro negro de ojos encendidos, otros juraban que una mole de toro se atravesaba en su camino, bloqueando el paso con un aliento que olía a azufre. Don José, con la confianza que da el mezcal y la terquedad de quien cree haberlo visto todo, soltó una carcajada que resonó en el techo de lámina. Para él, aquellos relatos no eran más que invenciones de esposas celosas, artimañas tejidas para que los hombres no se demoraran en sus tertulias y regresaran pronto a casa. «¡A mí el demonio me pela los dientes!», exclamó, convencido de que su escepticismo era un escudo impenetrable contra cualquier maldad.

La noche avanzaba y, tras varios mezcales que le entibiaron el alma pero nublaron su juicio, don José salió de la cantina. El pueblo estaba sumido en un silencio sepulcral, apenas interrumpido por el eco de sus propios pasos sobre las piedras irregulares de la calle. La luna llena, blanca y solemne, bañaba el entorno con una claridad casi fantasmal, revelando contornos que parecían cobrar vida bajo la luz plateada. Don José caminaba con paso firme, tarareando una melodía olvidada, cuando un sonido agudo, un chillido que parecía surgir de las entrañas de la oscuridad, lo hizo detenerse en seco.

Al principio, su mente, aún bajo el efecto del licor, lo atribuyó al reclamo amoroso de una gata callejera. Siguió caminando, tratando de ignorar la incomodidad que ese sonido le provocaba en la nuca. Sin embargo, a pocos metros, el chillido regresó, esta vez más nítido, más humano. Ya no era un gato; era el llanto desconsolado de un bebé. El sonido le desgarraba el corazón, despertando en él una chispa de compasión que no pudo sofocar. Buscó con la mirada, escudriñando los rincones, hasta que sus ojos se posaron en la entrada de una casa abandonada, donde un bulto envuelto en mantas se retorcía con un movimiento errático.

Se acercó con cautela, sintiendo que el aire se volvía pesado y gélido. Con manos temblorosas, retiró los trapos que cubrían aquella figura y, ante su asombro, encontró a un bebé que lloraba con una intensidad que parecía no tener fin. La indignación comenzó a hervir en su pecho. ¿Qué clase de madre dejaría a un ser tan pequeño, tan indefenso, a merced de la noche y el frío? «¡Maldita, mil veces maldita la mujer que te abandonó!», exclamó, llenando la calle de reproches hacia la desconocida. Con una ternura que contrastaba con su rudeza habitual, lo tomó entre sus brazos, sintiendo el calor del pequeño contra su pecho. Decidió llevarlo a su casa, dispuesto a protegerlo mientras encontraba la forma de esclarecer aquel misterio.

A medida que caminaba, el bebé dejó de llorar, pero una extraña sensación comenzó a apoderarse de don José. El peso del niño, que al principio parecía ligero como una pluma, empezó a aumentar de manera inexplicable. Cada paso se volvía una lucha, como si cargara con el peso de un costal de piedra. Sus brazos, acostumbrados a cargar mazorcas y herramientas, comenzaron a flaquear bajo la carga. El pánico, una semilla que había estado dormida, empezó a germinar en su mente. ¿Cómo podía un infante ganar tanto peso en tan pocos minutos? Intentó detenerse, pero el bulto parecía haberse adherido a su cuerpo, convirtiéndose en una carga imposible de soltar.

La curiosidad, mezclada con un terror que empezaba a helarle la sangre, lo obligó a descubrir el rostro del bebé. Con un movimiento rápido, retiró la cobija, esperando encontrar la paz de una criatura dormida. Lo que vio, sin embargo, fue el fin de su cordura. Bajo la luz de la luna, los ojos del niño no eran de un color natural, sino dos pozos de un rojo incandescente, como brasas vivas que ardían en la oscuridad. Y entonces, con una voz que no pertenecía a un infante, una voz grave y burlesca que parecía venir de un abismo antiguo, el bebé le dijo: «Mira, papi, mis dientitos».

El horror fue absoluto. Al abrir la boca, el infante reveló una hilera de colmillos largos y afilados, que brillaban con una maldad sobrenatural. Don José, presa de un terror que le paralizó el aliento, lanzó al bulto lejos de sí con un grito ahogado. Corrió sin rumbo, tropezando con sus propios pies, con el corazón golpeándole las costillas como un ave enjaulada. No recuerda cómo llegó a su casa, ni qué palabras balbuceó a su esposa antes de caer en un delirio que lo consumió durante días. La fiebre, una hoguera interna que parecía no tener fin, lo mantuvo entre la vida y la muerte, hasta que finalmente el alma le abandonó el cuerpo, dejando tras de sí solo el eco de su propia sentencia: «El diablo me pela los dientes».

Esta leyenda, profundamente arraigada en la tradición oral de Guerrero, funciona como una advertencia sobre la soberbia y los peligros que acechan en los límites de lo conocido. En la cosmovisión campesina, el diablo no siempre se presenta con cuernos y cola; a menudo, se disfraza de lo más vulnerable para probar la bondad o la audacia de los hombres. El «diablo bebito» es una metáfora de lo inesperado, una lección sobre cómo el exceso de confianza y el desdén por las creencias ancestrales pueden conducir a un hombre a su perdición. La historia, más que un relato de miedo, es un recordatorio de que existen fuerzas en la naturaleza y en el espíritu humano que no deben ser invocadas ni subestimadas bajo la influencia del mezcal o la arrogancia.

La figura de la mujer que abandona al niño, o la del hombre que cree poder resolver los misterios del mundo con sus propias manos, refleja las tensiones sociales y morales de una comunidad que vive al filo de la montaña. Al final, don José se convirtió en una advertencia viviente, un nombre que los ancianos mencionan en voz baja cuando los jóvenes se burlan de las advertencias de sus mayores. La tragedia de su muerte, rodeada de misterio y fiebres incontrolables, sigue siendo un recordatorio de que la oscuridad, cuando se le busca con soberbia, termina por encontrar a quien se atreve a desafiarla.

Así, en los pueblos de Guerrero, cuando la noche se hace profunda y el viento silba entre las cumbres, los hombres suelen recordar que, aunque el mezcal sea un buen compañero, siempre es mejor tener el corazón humilde y los ojos bien abiertos. Pues, como bien aprendió don José, el diablo no solo acecha en las sombras de la cantina, sino que a veces, espera paciente en el camino, envuelto en una mantita, esperando a que algún incauto se atreva a cargar con su peso.